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7 de junio de 2014

Hoy tendrás una visita



Hoy por la mañana me llamaron por teléfono y una voz desconocida me dijo: "Hoy tendrás una visita. Prepárate". Ni siquiera me atreví a preguntarle quién era y a qué se debía esa visita.
El caso es que inmediatamente me puse a limpiar todos los rincones de la casa, a colocar todos los trastos y ordenar las cosas que andaban por ahí regadas.
Cuando ya pensaba que todo estaba listo, decidí arreglarme yo también: me duché, me afeité, me puse ropa limpia y nueva, me perfumé... y me senté a esperar.
Después de una hora comencé a escuchar un viento en la calle, abrí la puerta de la calle y sentí una bocanada de aire fresco en mi cara. Ese aire me hizo sentir muy bien.
Volví a sentarme y al rato escuché cómo una paloma jugueteaba en mi ventana, eché para un lado las cortinas y contemplé, admirado, a aquella paloma blanca. No soy experto en palomas, pero les aseguro que aquella era la paloma más bonita que había visto en toda mi vida. Seguí contemplándola y, al cabo de un rato, me dio la sensación de que era ella, la paloma, la que me observaba a mí. Asustada, quizá, elevó su vuelo y desapareció de mi vista, escondiéndose entre los tejados, primero, y luego entre las nubes del cielo.
El tiempo pasaba y no venía nadie. Ya me empezaba a impacientar, cuando empecé a oler a quemado. Pensé que era dentro de la casa, pero al ir a la cocina y las demás habitaciones, vi que nada se estaba quemando allí. Me asomé a la calle y vi a un niño que había encendido una pequeña hoguera para calentarse. El niño me invitó a acercarme al fuego y calentarme yo también, pero le dije que estaba esperando una visita y no podía andar en otras cosas.
El tiempo pasó, la tarde se fue... y llegó la noche. Nadie venía. Llegué a pensar que aquella llamada de teléfono había sido una alucinación, un sueño, una ilusión un espejismo...
Estaba terminando casi el día, cuando de nuevo sonó el teléfono, fui corriendo a descolgarlo y otra vez aquella voz desconocida me dijo: "Hoy te visitó el Espíritu Santo".

31 de mayo de 2014

Quiero ser obispo


Cuando comencé a estudiar Teología, el primer día de clase un seminarista me preguntó a qué aspiraba yo. Me quedé un tanto sorprendido con la pregunta y le respondí que yo lo que quería era ser mercedario. A continuación, yo también le quise preguntar a qué aspiraba él, y me dijo que él quería ser obispo. Después de su respuesta me quedé sin palabras, porque nunca había imaginado que alguien aspirara a ser obispo.
Aquel joven seminarista no sé qué intención tenía al pretender ser obispo. No me atreví a preguntárselo. Quizá quería llevar una mitra y un báculo para servir más al pueblo, o quizá quería ir de purpurado para mandar más. Por desgracia dentro y fuera de la Iglesia muchas personas buscan ascender y tener los mejores puestos, no para servir sino para mandar y estar por encima de los otros.
Cuando uno está en una empresa quiere subir de posición porque normalmente eso da mayor prestigio y repercute positivamente en el sueldo de cada mes. Muy pocas veces se busca un ascenso con la intención de servir más y mejor a la gente.
Sin embargo, una vez más Jesús nos da un ejemplo en este domingo en que celebramos la Ascensión, porque Él se va a los cielos no para alejarse de nosotros, sino para estar más cerca; no para tener mayor prestigio y dinero, sino para estar a nuestra disposición; no para mandar más, sino para servir más y mejor.
Él nos dice que no nos deja solos, que nos deja al Espíritu Santo. Y nos da la misión de seguir haciendo discípulos y bautizando a más personas.
Que si conseguimos un ascenso, sea para servir y promocionar a otros. Sólo así estaremos ascendiendo al estilo de Jesús.
Por cierto, aquel seminarista que quería ser obispo, hoy es un cura rural, que atiende 10 o 12 parroquias. Probablemente, atendiendo a estas parroquias, está viviendo mejor la auténtica Ascensión.

8 de marzo de 2014

La araña de la Capilla

El miércoles de Ceniza en la mañana, mientras rezaba en la Capilla de mi casa, vi una araña que se paseaba por la pared. Me imagino que la araña no estaba allí precisamente para rezar. Supongo que más bien andaría por allí buscando algún mosquito despistado para poder desayunar.
En ese momento de reflexión y oración pensé que quizá la Cuaresma podría ser parecida a lo que viven las arañas, que más allá de su aspecto repugnante, pueden darnos una lección para vivir este tiempo de preparación para la Semana Santa.
Comparto con ustedes la oración que en ese momento hice:
Señor, quiero ser como una araña,
y tejer cada día con paciencia
una tela fuerte y resistente,
con hilosmuy finos pero seguros.
A mi tela de araña quiero que se acerquen muchas personas,
no para hacerles daño, no para comérmelas,
sino para protegerlas de los peligros de la vida.
En mi tela de araña quiero que estén
las personas más indefensas y marginadas por nuestra sociedad:
los enfermos, los tristes, los depresivos,
los huérfanos, los pobres, las prostitutas,
los internos de la cárcel, los que no tienen techo…
Señor, quiero ser una araña que no inyecte veneno en sus presas
-bastante veneno hay ya en el mundo-,

una araña que inyecte amor y paz a todos los que caigan en mis redes. 

23 de noviembre de 2013

La Abeja Reina



Había una vez un panal de abejas que era muy conocido en toda la comarca porque daba una miel muy rica, dulce y sabrosa. Incluso algunas personas decían que era curativa y que había sanado a algunas personas que tenían problemas de estómago.
La Abeja Reina se sentía orgullosa de sus abejas obreras y continuamente las animaba a seguir recolectando néctar para elaborar la miel más rica del lugar.
Pero un día los agricultores de la zona empezaron a utilizar pesticidas y productos que debilitaban, adormecían y dañaban a las abejas obreras. La Abeja Reina veía que su Reinado se debilitaba y la miel tan rica que daba en otro tiempo aquel panal estaba perdiendo calidad.
Empezó a pensar en cómo dar solución a aquella terrible desgracia: “organizaremos una batalla contra los pesticidas” –pensaba la Abeja Reina-, “dejaremos de elaborar miel y nos dedicaremos a otra cosa” –se le pasaba por la mente a la Reina-, “huiremos a otro lugar” –meditaba nuestra amiga-.
Pero veía que todas aquellas soluciones no eran viables. Si querían luchar contra los pesticidas morirían la mayoría de las abejas; si pensaban en dedicarse a otra cosa eso era imposible, las abejas sólo saben elaborar miel; si huían quizá no encontrarían un buen lugar donde establecerse y algunas abejas morirían por el camino.
Entonces pensó: “Ya sé lo que haré. En lugar de quedarme aquí cómodamente en el panal, sentada en mi trono, saldré afuera y acompañaré a mis abejas obreras, les ayudaré a recolectar miel, sanaré a las enfermas, animaré a las abatidas, despertaré a las adormecidas y les haré ver la importancia que tiene el trabajar unidas.
El comportamiento de aquella Abeja Reina levantó cierto revuelo y desconfianza en algunas abejas que decían. “Esto nunca se ha visto aquí: la Abeja Reina fuera de su trono y ayudando a las obreras. ¡Menudo escándalo!”
Pero la actitud de esta Reina empezó a transformar a las demás abejas y muchas comenzaron a seguir su ejemplo. Poco a poco el ambiente del panal cambió y de nuevo todas las abejas se hicieron fuertes ante los pesticidas. Volvieron a elaborar la más rica miel de la comarca y se respiraba un ambiente de alegría y de trabajo.

Hay quien dice que la Abeja Reina aún sale cada día temprano y anima de palabra y de obra a cada abeja del panal.
Mangante, ¿encuentras algún parecido entre la Abeja Reina y Jesús?

5 de enero de 2013

Los Camellos




     Hola, Mangantes, somos los camellos que llevaron a Melchor, Gaspar y Baltasar hasta el portal de Belén. Nuestro trabajo en aquellos días nunca fue reconocido. Todo el protagonismo se lo llevaron los Reyes Magos, pero ellos nunca hubiesen llegado si nosotros no les hubiésemos llevado durante meses y meses, recorriendo desiertos, atravesando ríos, y subiendo montañas.
     Pero la vida está así escrita, unos llevan la fama y otros cardan la lana. De todos modos aquel trabajo lo hicimos porque sabíamos que el destino era bueno, y al Niño que iban a visitar era el Mesías.
     Además deben saber otra cosa: los que realmente convencieron a los Reyes que no dijeran a Herodes dónde moraba el Niño-Dios y sus padres fuimos nosotros. Los Reyes Magos estaban demasiado inspirados en las estrellas del cielo y no se enteraban demasiado de las cuestiones mundanas. Herodes era un egoísta y un mentiroso, eso se veía a leguas, y nosotros hemos recorrido muchas leguas y tenemos demasiada experiencia para no detectarlo.
     Lo más interesante de nuestra historia es que gracias a aquel viaje, ahora todos los años recorremos el mundo entero, repartiendo juguetes a todos los buenos niños de la tierra. Algunas veces los Reyes no pueden llegar a todas las casas, porque ¡imagínate cuántos niños hay en el mundo!... y  nos envían a nosotros para darles los regalos a algunos niños.
     ¿Ustedes, Mangantes, han visto sonreír alguna vez a algún camello? Deben reconocer que somos los animales que tenemos la sonrisa más amplia y cuando estamos alegres se nos ven todos los dientes de la boca (y eso que tenemos muchos y muy grandes). ¿Y saben por qué sonreímos tanto y tan bien? Muy fácil, porque Dios nos entrena durante todo el año para que sonriamos a los niños a los que llevamos regalos. Y, claro, de tanto entrenamiento, luego tenemos sonrisa para todo el año.
     Bueno, Mangantes, si alguna vez se encuentran con nosotros, los camellos, esperamos que nos devuelvan la sonrisa que nosotros les regalaremos. Y recuerden sonreír no solo en Navidad, sino todo el año.

4 de enero de 2013

Reyes magos


     Hola, amigos y amigas, soy Melchor. El rey que llevó oro al Niño-Dios. Y debo reconocerles soy un poco ladrón. Lo siento, pero tuve que hacerlo. El oro que le llevé al Niño se lo robé a todas las personas ricas que me encontré en el camino, porque veía que con su riqueza abusaban de los demás. Y decidí quitárselo a ellos y llevárselo a Jesús para que Él lo administrara mejor y los más pobres pudieran al menos tener algo más de lo que tienen. Sé que no está bien robar a la gente, pero lo hice porque me indigna ver que tantos niños se mueran de hambre en este mundo. ¿Ustedes no harían lo mismo?
     Hola, amigos y amigas, soy Gaspar. El rey que llevó incienso al Niño-Dios. Y debo reconocerles que el incienso que le llevé a Jesús no era mío. Varias personas por el camino me fueron dando plantas para que se las diera al Mesías. Todos me decían que les hiciera saber que realmente había entregado sus plantitas a Jesús. Entonces decidí hacer incienso con todas ellas y así cuando llegara al portal podría quemarlo. El humo de aquel incienso se extendió y propagó llenando de su aroma aquellos hogares generosos que me habían dado las plantas para el Mesías. ¿Ustedes no hubiesen hecho lo mismo?
     Hola, amigos y amigas, soy Baltasar. El rey que llevó mirra al Niño-Dios. Aquella mirra me la regaló una señorita en un supermercado. Ella decía que aquello tenía propiedades curativas. Decidí llevársela al Mesías para que Él fuera quien distribuyera aquella mirra entre los enfermos y sufrientes. ¿Ustedes no hubiesen hecho lo mismo?
     Mangante, si tuvieras en tus manos oro, incienso y mirra, ¿qué harías?

2 de enero de 2013

Los pastores

     
     Hola, Mangantes, somos los pastores de Belén, aquellos que escucharon la Noticia del Nacimiento del Hijo de Dios y que rápidamente fuimos al portal a ver a aquel niño especial.
     Pocas veces nos separamos de nuestras ovejas, pero aquella ocasión fue diferente. El pueblo de Israel estaba esperando un Mesías, un Salvador, y los ángeles nos revelaron a nosotros el nacimiento de ese Mesías. ¿Era para dejar las ovejas o no?
     Allí nos presentamos en el pesebre: un poco sucios, con las ropas de trabajar, oliendo a campo, a oveja y a queso. Pero nos daba igual. Sabíamos que a maría y a José no les importaba demasiado, al fin y al cabo ellos vivían también en una aldea y conocían esos olores.
     Después de saludar a los padres, nos fijamos en el Niño, y hay que reconocer que tenía algo especial. Daba la sensación que entendía todo lo que le decías, sonreía todo el tiempo y nos cogía con su manita nuestros dedos.
     Nuestra reacción natural fue la de ponernos a cantar y a bailar, porque era tanta la alegría que sentíamos dentro que necesitábamos expresarla. Uno cogió una piedras que había por allí y comenzó a marcar el ritmo, otro se arrancó con las palmas, otro silbaba, el otro tomó unos palos del pesebre y los golpeaba... y todos a coro entonábamos villancicos y cantos propios de Navidad. Bueno, debemos reconocer que nosotros fuimos quienes inventamos los villancicos.
     La fiesta duró hasta muy tarde, se hacía de noche y nos despedimos de José, María y el Niño. Por el camino de vuelta a casa seguíamos cantando y bailando al compás de la música. La gente que se cruzaba con nosotros nos miraba extrañada, se pensaban que habíamos bebido mucho vino, pero no era eso lo que nos pasaba. Era el Hijo de Dios que nos había tocado el corazón y nos hacía estar así de alegres. A todos los que nos encontrábamos les contábamos lo que habíamos visto en aquel pesebre de Belén. Algunos se lo creían y otros no; pero nos daba igual, nadie podía robarnos nuestra ilusión al haber conocido a Jesús.
     Después de unos cuantos años, supimos que aquel niño (que ya no era tan niño) andaba predicando a la gente y que les contaba parábolas y les ponía comparaciones. Algunas de ellas hacían referencia a nuestro oficio de pastores: El buen Pastor, la oveja perdida... El caso es que esas mismas historias nosotros se las contamos a María y a José en Belén. ¿Será que ellos luego se lo contaron a su hijo? ¿Será que Él que era muy despierto las escuchó ya tan chiquitico? ¡Qué más da! Lo importante es que dejamos una huella en el mismo Hijo de Dios... ¡qué privilegio!

25 de diciembre de 2012

Feliz Navidad: motivos para llorar y para reír


     Hola, Mangantes, soy el Niño Jesús, creo que no necesito demasiadas presentaciones, ¿verdad? Ya muchos me conocen y saben de mi vida.
     Hoy, día de Navidad vengo a este mundo, nazco en un humilde portal y deseo quedarme aquí con ustedes para regalarles la salvación. Cuando un niño nace, lo primero que hace el doctor es darle una palmadita en las nalgas para que arranque a llorar. No sé muy bien cuál es la razón exacta para hacer esto, pero conmigo nadie ha tenido ese detalle. Mis padres, José y María, poco saben de bebés (recuerden que yo soy el primer hijo que tienen). Pero sí debo reconocerles que siento deseos de llorar y soltar las lágrimas que llevo dentro al contemplar cómo en algunos rincones de la tierra falta amor y paz. Me conmuevo cuando leo un periódico y veo que algunos niños son maltratados por sus papás; me entristezco cuando me entero que una persona arrebatada de locura entra en una escuela y mata a otras personas; me lleno de pena cuando las familias se rompen y los papás se separan; me pongo a llorar cuando un hombre se queda sin trabajo y no tiene con qué alimentar a sus 3, 4 ó 5 hijos; me pongo triste cuando una persona anciana vive sola y nadie la visita; me brotan las lágrimas cuando veo a los jóvenes perdidos, desorientados y sin rumbo, muchos de ellos atrapados en las garras de la droga o el alcohol sin poder tener control de su propia vida; me apena contemplar cómo muchos niños sufren explotación y son obligados a trabajar.
     Y si me fijo en la Iglesia que yo mismo fundé a veces lloro porque algunos sacerdotes no cumplen bien con su misión, otros sólo se preocupan del dinero e incluso los hay que abusan sexualmente de los niños (¡qué repugnancia!). También me da pena ver cómo muchas personas encargadas de llevar los destinos de esta misma Iglesia sólo piensan en mandar, censurar y someter al pueblo de Dios y no en servirlo. Me entristece que a veces la Iglesia viva dividida, porque eso no va con el Evangelio que yo prediqué.
     Pero, Mangantes, los niños también sonreímos con facilidad y nos alegramos cuando alguien viene a nosotros y nos hace carantoñas. Por eso, también muestro mi alegría al contemplar el mundo y ver la cantidad de adelantos que la ciencia hace, las soluciones que se van dando a algunas enfermedades, aunque aún queda mucho por avanzar y conseguir. Sonrío cuando veo la cantidad de organizaciones que se ocupan y preocupan por defender los Derechos Humanos, especialmente la de los niños. Esbozo una sonrisa cuando veo a mis papá, María y José, unidos, felices y contentos, como tantas otras familias que viven unidas. Me alegro cuando una familia no se conforma con tener un hijo o dos sino que busca la manera de traer al mundo todos aquellos niños que en conciencia ellos pueden educar y alimentar. Sonrío cuando un político corrupto es apresado. No me alegro tanto de su desgracia, sino de que se haga justicia. Me río a carcajadas cuando un niño o una niña con alguna discapacidad física o psíquica rompe barreras y demuestra que tiene otras capacidades diferentes a las de los demás.
     Mi Iglesia, aquella que yo fundé, también me da alegrías, cuando contemplo tantas personas que de forma generosa y altruista dan su vida por los demás: religiosas o religiosos, sacerdotes y laicos dedicados a llevar salud, educación y alimento allá donde nadie llega. Me alegro y lleno de orgullo cuando veo una celebración de la Eucaristía donde todo el pueblo participa, y el sacerdote no se convierte en protagonista. Me lleno de satisfacción cuando los papás llevan a sus hijos a bautizar y les educan en la fe, no por apariencia social, sino porque realmente así lo creen y lo viven. Sonrío cuando un joven decide hacerse catequista y dedicar su tiempo de forma generosa a educar a otros en la fe.
     Tengo muchos motivos para llorar, pero tengo aún más motivos para sonreír.
     Mangante, mira y contempla nuestro mundo, ¿tienes motivos para llorar? ¿tienes motivos para reír? ¿Qué prefieres hacer?
     Feliz Navidad a todos los que como yo tienen motivos para llorar y reír. Por cierto, estoy encantado de habitar en sus corazones, ahí sí que me siento cómodo.

19 de diciembre de 2012

San José


     Hola, Mangantes, soy San José, el esposo de maría. Dejé que hablara ella antes y contara su versión de los hechos acontecidos cuando nació Jesusito. Al fin y al cabo ella fue la que se llevó el susto mayor cuando Gabriel le dijo lo de concebir al Hijo de Dios. Aunque mi sorpresa también fue mayúscula.
     Recuerdo aquella mañana en que María vino al taller de Nazaret y me dijo: "tenemos que hablar, tengo algo importante que contarte". Yo seguí con mis quehaceres, ya saben ustedes las tonterías con las que a veces te vienen las mujeres. María insistía e insistía, y finalmente, le dije: "vamos a ver, ¿qué quieres?"
     Ahí fue que me soltó todo, que estaba embarazada, que había sido el Espíritu Santo, que se lo había anunciado el Ángel Gabriel, que el niño que iba a nacer iba a ser el Mesías. Yo pensaba que estaba embromando conmigo, pero su carita me hacía ver que estaba hablando enserio, muy en serio. Empecé a analizar todo lo que me decía... y lo que más me irritaba era eso del Espíritu Santo. ¿Quién se pensaba que era el Espíritu Santo para intervenir en la relación entre María y yo?
     Estuve varios días sin hablar a María, porque realmente sospechaba que me la había pegado con otro de la aldea, pero por otro lado pensaba que ella no era de ese tipo de mujeres. Siempre había sido seria, siempre se había hecho respetar.
     Después de unos días decidí repudiarla, rechazarla en secreto, para que nadie se enterara y fuera "maltratada" y señalada en la aldea.
     Pero... en aquella noche en que se me apareció a mí también el ángel de Dios, comencé a pensar de otra manera. Era increíble: Dios era capaz de convencer al mas incrédulo. Comencé a ver la mano de Todo poderoso en todo aquello.
     Luego vino el Nacimiento, toda una odisea, cargada de obstáculos, no creo que los corredores de salto de vallas en las Olimpiadas salten tantos obstáculos como los que yo salté. Que si la posada estaba llena, que si tuvo que nacer Jesusito en un pesebre, que si luego tuvimos que huir a Egipto... ¡Dios mío!
     De lo que sí puedo dar testimonio es de que Jesús desde muy pequeño siempre fue muy responsable y aplicado. Era, ademas, muy piadoso y serio en las cuestiones de Dios y eso fue lo que le impulsó a convertirse luego en una gran profeta, mejor dicho, en el Mesías... De todos modos, de todo eso poco puedo hablar, ya que fallecí antes.
     Quisiera, Mangantes, que me dijeran qué hubiesen hecho ustedes en aquella situación: ¿hubiesen repudiado en secreto a María, la hubiesen aceptado, la hubiesen dejado y abandonado...? Ustedes dirán.
     Yo creo que hice lo correcto, así me lo dicta mi conciencia. Felices fiestas del nacimiento de mi "hijo" Jesús.

15 de diciembre de 2012

María


     Hola, Mangantes, soy María, la mamá de Jesús. No hace falta que les cuente mi vida porque ya muchas cosas las saben por los evangelios, y lo que ahí no aparece es porque no es demasiado importante.
     Hoy tan solo quisiera decirles cómo recibí el Nacimiento de Jesús. Fue un sábado, lo recuerdo perfectamente cuando estaba en mi casa tranquila rezando. Y en ese momento de encuentro con Dios, entró en mi casa Gabriel, el arcángel. Me dio un susto de muerte, porque ¿quién se espera que así de repente entre un arcángel en su cuarto?
     Pues sí, allí estaba Gabriel. Empezó a hablarme, a decirme que traía un mensaje de Dios, que yo iba a concebir un hijo por obra del Espíritu Santo... "Ja-ja-ja, eso no te lo crees ni tú" -le dije a Gabriel. Me froté los ojos varias veces, porque me parecía que estaba soñando. También me acerqué al arcángel para tocarlo a ver si era real o era una alucinación. Y sí, parecía real. Yo no sabía qué decir, era demasiado joven para tomar una decisión tan importante. Además mis padres, Joaquín y Ana, siempre me dijeron que no me precipitara, que me tomara tiempo para decidir las cosas importantes de mi vida. Pero ahí estaba Gabriel, en nombre de Dios, metiéndome presión y esperando una respuesta mía. Mi primera reacción fue empezar a poner obstáculos, decirle que no conocía varón, etc... pero él siempre me respondía con alguna prueba. Pensaba también en la reacción de José al enterarse que iba a tener un hijo por obra del Espíritu Santo. Él no se lo iba a creer y, sabiendo lo desconfiado que era mi futuro esposo, pensaría que había estado por ahí con otro hombre.
     Al final Gabriel me convenció y terminé diciendo que sí, que aceptaba, que me fiaba de Dios. Con José las cosas no fueron fáciles. Al principió no quiso saber nada de mí, luego me rechazó en secreto y, finalmente, aceptó acompañarme en la tarea de ser el padre de Jesús. La verdad es que fue un buen padre, y me ayudó mucho a educar a Jesús.
     El embarazo fue complicadito, porque mucha gente de Nazaret me miraba mal porque no entendían que antes de estar casada con José tuviera un hijo. En algunas tiendas me dejaron de vender, algunas mujeres me retiraron la palabra, y todo porque decían que era impura y que estaba yendo en contra de la Ley de Dios. Si ellas supieran que el niño que estaba esperando era el mismo Hijo de Dios no hubiesen pensado así, pero ya sabemos cómo es de chismosa y criticona la gente...
     El parto no fue mucho más fácil; tuve que dar a luz a Jesús en un establo, porque no nos dieron posada. Pero la cosa se puso más difícil cuando un día José se despierta nervioso y me dice: "María, he tenido un sueño; debemos irnos a Egipto porque quieren matar a Jesús".
     "Anda ya, José, no digas tonterías, ¿cómo van a querer matar a Jesús que es solo un niño?" -le dije a José. "Que sí, María, que Herodes se piensa que este niño le va a quitar el poder" -me contestó él.
     Y tuvimos que irnos montados en un borriquito, huyendo del rey.
     Al cabo de unos años pudimos volver a nuestra tierra y vivir tranquilos en Nazaret.
     Mangantes, les contaré un secreto: no sé qué tenía aquel niño que a mí me llenaba de alegría y gozo. Era muy inteligente y lindo (eso dicen todas la madres de sus hijos, claro), pero desprendía una luz especial que hacía que los que se acercaban a él se sintieran felices. Bueno, reconozco que sí sé lo que tenía: era el Hijo de Dios y eso le hacía ser tan especial.

13 de diciembre de 2012

El posadero


     Hola, Mangantes, después de que hayan hablado el Arcángel Gabriel e Isabel, me toca a mí.
     Soy el posadero que no pude dar posada a María y a José. Todavía recuerdo aquella noche. Llamaron a la puerta y salí a abrir. Allí en la entrada de la posada estaba una pareja. Ella parecía muy joven, mientras que él ya era algo más madurito. Se presentaron, me dijeron que se llamaban María y José. Se les veía muy educados y amables. Me dijeron que necesitaban una habitación, porque ella estaba embarazada y en pocas horas iba a dar a luz.
     Me puse a mirar en el listado de habitaciones, y vi que todo estaba lleno. No había ni un hueco. Me dirigí a ellos y les dije que no tenía sitio. Ellos me miraron con cara de pena, y me insistieron diciendo que en cualquier rinconcito podrían dormir, que les diera posada.
     Yo, muy serio y responsable, les volví a repetir que no había ni un hueco, que miraran en la posada del pueblo de al lado, que tenía muy buenos precios y que solía estar más libre que la mía.
     Se marcharon andando, despacio (la verdad es que María no estaba para ir corriendo en aquel estado de embarzado ya tan avanzado).
     A los dos días, estaba yo en la puerta de la posada despidiendo a unos clientes, cuando pasaron José y María. Llevaban ya entre sus brazos al niño que estaban esperando. Se les veía felices, sonrientes, como todos los padres primerizos. Les alcé la mano y les llamé para que se acercaran y así pudiera felicitarles por el retoño que habían tenido. Vinieron hasta donde yo estaba. Miré al niño y le hice carantoñas. La criatura me respondió con una sonrisa. No sé si serían cosas mías o qué, pero me pareció que aquel bebé tenía algo especial en aquella sonrisa.
     El caso es que me puse a conversar con José, porque María se puso a darle loa leche al niño, y le pregunté si consiguieron por fin encontrar posada. José me miró a los ojos y me dijo que no, que al salir del pueblo, María comenzó a tener las contracciones y tuvieron que detenerse. Muy cerca del camino encontraron un pesebre, un establo de animales, y que allí se metieron, porque veían que María no llegaba al siguiente pueblo.
     Me quedé avergonzado y triste, porque, sin quererlo, había provocado que aquel niño tan simpático tuviera que nacer en un lugar tan poco digno y acogedor. Tuve remordimientos de conciencia, porque podría haber hecho algún esfuerzo y haber metido a aquella pareja en algún rincón de la posada.
     Pedí disculpas a María y a José, y recordé que tenía en mi casa un sonajero que yo mismo había elaborado para mis hijos cuando eran pequeños. Le dije a José que no se marchara, entré corriendo a casa y cogí el sonajero. Se lo di a María y le dije que ese era mi regalo para ese niño tan especial, que aunque no había sido capaz de darles posada, quería al menos conseguir que aquel bebé no perdiera nunca esa gracia tan especial. Tomaron el regalo y me dijeron que se marchaban, que andaban con prisa...
     Eso fue lo que realmente ocurrió. Aquella experiencia me sirvió para ser más acogedor con todos aquellos que venían a la posada.

11 de diciembre de 2012

La Mula y el buey

     Hola, Mangantes, somos la mula y el buey. Aparecemos en todos los nacimientos y belenes de la tierra. Después de colocar las figuras de la Virgen, San José y el Niño, la gente a continuación, nos pone a nosotros.
     Muy poca gente conoce nuestra verdadera historia, y cómo aparecimos aquel día del nacimiento del Hijo de Dios en aquel establo. Muy poca gente conoce nuestros nombres ni qué fue de nosotros una vez que José, María y el Niño se marcharon de allí.
     Aprovecharemos entonces para contarles todo esto a ustedes.
     Yo, la mula, me llamo Matea. Mi amo me puso ese nombre porque era tan original que a todas sus mulas las llamaba Matea. Sí, sí, ya se imaginan mi madre se llama Matea, mi hermana se llama Matea, mi tía se llama Matea, mi abuela se llama Matea, mi bisabuela se llama Matea. ¿Saben cómo se llamaba mi tatarabuela, que en paz descanse? –Acertaron: Matea.
     Yo, el buey, me llamo Bartolomé, aunque todos me llaman Bartolo. ¿Y saben por qué tengo ese nombre? –Porque mi amo es tan original que a todos los bueyes nos llamaba así. Así que no hace falta que les diga cómo se llamaba mi padre, y mi hermano, y mi tío…
     Nosotros nos conocimos en casa de nuestro amo. Ambos trabajábamos de sol a sol, sin descanso. Nuestro señor nos trataba bien y nos daba bien de comer, cada vez que terminábamos la faena. Pasábamos tanto tiempo juntos trabajando que empezamos a entablar una gran amistad. Y esa amistad se fue convirtiendo poco a poco en amor. Ya sé que les extraña lo que les cuento, porque no es normal que se enamoren un buey y una mula. Un día el amo se enteró que éramos novios, nos pilló en el establo besándonos, y nos expulsó de su casa, porque en aquella época no estaba bien visto que las mulas y los bueyes se quisieran. Empezamos a caminar y a caminar, hasta que llegamos a aquel establo sucio y desordenado. Decidimos que aquel iba a ser nuestro hogar, y lo acondicionamos a nuestro gusto.
      Un buen día apareció una pareja en nuestro establo. Ella estaba embarazadísima. El niño podía venir en cualquier momento. Nos contaron que ellos también habían tenido que huir, que no eran comprendidos en su aldea, y muchas otras cosas más. Su historia nos recordó a la nuestra y decidimos invitarles a que se quedaran. María, que así se llamaba la joven nos contó que iba a ser un niño, que estaba segura. Nosotros nos mirábamos sorprendidos porque en aquel tiempo no existían tantos aparatos como ahora para saber si iba a ser niño o niña.
      Estábamos hablando cuando de repente María comenzó con las contracciones. En un abrir y cerrar de ojos, María dio a luz y comenzamos a escuchar llorar a aquel niño.
      Todo esto ocurrió en la noche, y como hacía frío, José nos pidió que diéramos calor al niño con nuestro aliento. Así estuvimos varios días, hasta que José decidió marcharse porque había tenido un sueño o algo así.
      Luego, después de unos años nos enteramos que aquel niño fue el Mesías y que murió en una cruz, ¡pobrecito!
      Lo mejor de nuestra historia es que cada año en Navidad, nosotros, Bartolo y Matea, nos volvemos a juntar, pasamos casi un mes unidos y, después de cepillarnos bien los dientes para no echarle nuestro mal aliento al Niño, le damos calorcito para que se sienta como en casa.

5 de diciembre de 2012

Isabel


     Hola, Mangantes, soy Isabel, la prima de María, aquella que dice el evangelio que se quedó embarazada ya muy mayor... esa misma. Ya saben que mi esposo se llama Zacarías y que juntos tuvimos un hijo llamado Juan, aunque nosotros en casa siempre le hemos llamado Juanito. El caso es que nuestro niño vino cuando menos lo esperábamos. En la juventud, Zacarías y yo lo intentamos muchas veces y siempre decíamos que queríamos tener 4 varones y 3 hembras; en total 7, por aquello de que era un número perfecto. Pero no había forma de quedarme embarazada.
     Cuando ya habíamos desistido y nos habíamos rendido, un día empecé a sentir náuseas y visité al médico. Él me dijo que estaba embarazada. "¿Cómo?" -le dije yo-. "Se está burlando de mí". Era cierto, algo dentro de mí estaba creciendo... EL doctor me mandó máximo reposo, estaba en un embarazo de riesgo. Así que decidí no hacer muchas cosas. De hecho, incluso Zacarías tomó conciencia de mi situación y en los meses de embarazo venía del Templo más temprano a casa, para ayudarme en las tareas hogareñas.
     Un día que estaba tranquilita en casa, entró por la puerta María, mi prima, a la que hacía tiempo que no veía. Nos abrazamos efusivamente y nos felicitamos mutuamente, porque ambas estábamos esperando un niño. Nuestra reacción inmediata fue la de ponernos a rezar y dar gracias a Dios, porque se había fijado en nosotras para llevar en nuestro vientre a los que serían futuramente dos grandes profetas del pueblo de Israel.
     Cuando nos despedimos aquel día, nos deseamos que el parto fuera bien. Y así fue, ambas trajimos al mundo a dos bebés preciosos que llenaron de alegría nuestras casas.
     Ya cuando tuve a Juan, comencé a educarlo y guiarlo en las cuestiones importantes de la vida y en la fe. Él cuando se hizo adulto decidió marcharse al desierto y predicar la Palabra de Dios. Era un orgullo para mí saber que tenía un hijo profeta, pero pasé mucho miedo, porque se metía demasiado con el rey Herodes.
     Bueno, Mangantes, espero que con esta reflexión podáis conocer más cosas de mi vida y les recuerdo que "para Dios nada hay imposible".

3 de diciembre de 2012

El Arcángel Gabriel


     Hola, Mangantes, soy el Arcángel Gabriel. Como ustedes saben los arcángeles nos dedicamos a dar mensajes de Dios a la humanidad.
     Aunque yo ya había aparecido en la Biblia en otras ocasiones, me hice muy famoso porque Dios me encargó la misión de decirle a María, la de Nazaret, que iba a concebir al Hijo de Dios. Ustedes pensarán que cuando Dios me dijo que tenía que decirle eso a María, yo enseguida bajé a la tierra y se lo dije. Pues no. Más bien lo que ocurrió es que le dije a Dios que se buscara a otro, que esa misión era muy difícil. Incluso le propuse otros nombres: "Miguel y Rafael, ellos son también arcángeles y podían hacer eso muy bien".
     Dios, que es muy inteligente, dejó que me desahogara y expresara mi rebeldía. Me dijo que me tomara unos días para pensarlo. Me fui a pasear por las nubes para "oxigenarme" un poco.
     La verdad es que yo tenía miedo, mucho miedo, aquello era demasiado serio: eso de aparecerse de repente a una joven y decirle que va a ser la madre de Dios no es fácil.
     Estaba totalmente cerrado a lo que me proponía Dios, pero cuando reflexioné sobre lo que significa mi nombre: "Gabriel" (fuerza de Dios), descubrí que no tenía que tener miedo, que Él me iba a ayudar.
     Finalmente Dios marcó una fecha, que sinceramente ahora no recuerdo. Era un día claro, despejado. Se oía claramente el canto de los pajaritos.
     Bajé muy rápido a Nazaret. Busqué la casa de María, según los datos que Dios me dio, y enseguida la encontré. Toqué a la puerta, y nadie me respondió. No se oía ni una mosca. Me asomé por una ventanita pequeña de la casa y allí vi a una joven preciosa, que estaba arrodillada en el suelo, en actitud de oración. Supuse que aquella muchacha era María.
     Me temblaban las piernas, pero me armé de valor y entré por el ventanuco. Aunque era estrecho, conseguí pasar (los ángeles como no tenemos huesos nos metemos casi por cualquier sitio) y allí me aparecí ante aquella joven que se le veía muy llena de Dios. Comencé con ella el diálogo que ya ustedes conocen por el evangelista Lucas... Aquella muchacha no me lo puso fácil. Ella insistía en que "no conocía varón", que aún no estaba casada con José, que cómo podría ser que su hijo fuera obra del Espíritu Santo... y yo le ponía ejemplos para que viera que para Dios nada era imposible, que se fijara en su pariente Isabel que ya era anciana...
     María era un poco terca y testaruda, y a mí se me acababan los argumentos. Yo ya estaba cansado y decía: "Dios mío, qué mujer tan cabezona". Llevaba una hora ahí en el aire agitando las alas para no caerme..., ya estaba decidido a tirar la toalla y decirle a Dios que buscara otra... Pero justo ya cuando me iba a ir, ella dijo: "Hágase en mí según tu Palabra". La miré a la cara y le dije: "¿cómo? ¿aceptas, de verdad?" -"Sí", me dijo ella.
     Me fui volando hacia el cielo para contárselo a Dios y cuando llegué allí, sofocado y casi sin aire, le dije a Dios: "María... ha... aceptado...". Él me miró, empezó a reír a carcajadas y me dijo: "Ya lo sé, les estuve espiando por la rendija de la puerta de la casa de María".
     Desde  aquel día perdí el miedo y me volví más arriesgado. Si pude con María, ya puedo con cualquiera...
     Bueno, Mangantes, les dejo, me está llamando Dios, no sé qué misión me tendrá preparada para hoy.

18 de enero de 2012

Hipo y Leo

     Hace tiempo que no publico ningún cuento. Al hilo de lo que se está viviendo en la sociedad dominicana en estos últimos meses, ahí va esta historia de unos animales de la selva. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia:

     "Había una vez en la selva dos animales muy famosos, muy conocidos. Todos los demás habitantes de la selva les conocían.
     Uno era el León y daba órdenes a todos los otros animales. Cuando alguno se pasaba de la raya, Leo -que así le llamaban el resto de animales, porque era de los pocos que sabían leer- rugía y, por miedo, nadie se atrevía a levantar la voz. Llevaba tanto tiempo como rey de la selva que se creía con autoridad para hacer lo que quisiera y como quisiera.
     El otro animal era el Hipopótamo. Se pasaba horas y horas en el río, disfrutando del agua, y le importaban bien poco los problemas del resto de animales. Cuando algún habitante de la selva venía a pedirle ayuda, él abría la boca y se reía, pero no movía ni un dedo. Hipo -que así le llamaban el resto de animales, porque cuando tragaba mucha agua le entraba hipo- ya había sido el rey de la selva, pero ahora vivía tranquilo y feliz sin complicarse la vida.
     El caso es que un día Leo decidió dejar de ser el rey de la selva. Y convocó unas elecciones. Hubo algunos que se lo pensaron: el mono montó un discurso en el que todos se rieron a carcajadas, la jirafa prometió estar siempre atenta y divisar, con su cuello largo, a todos los que vinieran de fuera, el loro estuvo hablando durante varios días y dejó a todos cansados y aburridos...
     Finalmente, Hipo decidió presentarse como candidato. Su única promesa para los demás animales de la selva era compartir y repartir mejor el agua del río para que llegara para todos. Dijo que haría canales, caídas de agua, presas... Pero en el fondo todos los otros animales sabían que Hipo nunca haría eso, porque cuando gobernó la selva nunca hizo nada. Bueno sí, -perdón- arruinó las plantaciones de plátanos, de mangos y aguacates, porque no dejaba que saliera el agua del río y regara los árboles. Eso hizo que durante unos años los animales casi no tuvieran nada para comer.
     Leo pensó en no presentarse a rey de la selva y puso a su hijo Nilo -que así le llamaban el resto de animales, porque nació a orillas del Nilo-. Además, para que todo siguiera en casa y Nilo no hiciera barbaridades convenció a su esposa Arita -que así le llamaban el resto de animales, porque le gustaba pasear por entre las palmeras luciendo su larga cabellera y su aretes-. De esta forma Leo seguiría siendo el rey de la selva, pero no tendría que dar ningún discurso, ni aparecer en actos oficiales...
     Aún no habían llegado las elecciones a la selva, quedaban unos meses. Pero muchos animales estaban nerviosos porque dependiendo de quién saliera, podrían seguir cumpliendo su misión. Y es que la vida en el mundo animal era así. Los buitres no sabían si podrían seguir devorando a los otros animales, las serpientes no sabían si podrían seguir picando a sus víctimas e inyectarles su veneno, el elefante no sabía si podría seguir aplastando todo lo que se le pusiera por delante...
     Ahora, Hipo y Leo están ocupados y preocupados en comprar votos a los diferentes animales para alzarse con la victoria y estar (o seguir) en el poder.
     Total que la selva es la selva y, por desgracia, está en manos de dos animales manipuladores y mentirosos que sólo quieren aprovecharse del resto de animales".

28 de mayo de 2011

¿Por qué las mamás cantan a todas horas?

     Carlitos, un niño observador, atento e inteligente, observaba cada día cómo su mamá se levantaba cantando, se marchaba al trabajo cantando, llegaba del trabajo cantando, se ponía a hacer las cosas de la casa cantando, y se acostaba cantando… 
    
    Y un día le preguntó: “Mamá, ¿por qué siempre estás cantando? ¿Por qué cantas a todas horas?”. Y la mamá le respondió: “Porque cuando Dios creó a las madres lo hizo cantando y yo sólo continúo su mismo canto”.
 
    Carlitos no se quedó tranquilo y siguió preguntando: “¿Y no te cansas de cantar? ¿no se te desgasta la voz?”. “No, mi´jo –dijo la madre-, Dios puso en las madres un material especial que les ayuda a estar cantando siempre”.

23 de marzo de 2011

Leo no quiere que otros lean

Érase una vez un Rey que se llamaba Leo. Cuando nació sus padres le pusieron ese nombre, porque tenían mucho interés en que su hijo aprendiera bien a leer y entendían que llamándose así, él recordaría toda su vida lo importante que era la lectura para poder llegar a ser un día una persona importante.
Nuestro amigo Leo desde muy pequeño fue a la escuela, tuvo los mejores profesores del Reino, todas las mañanas recibía clases particulares y poco a poco se convirtió en un gran aficionado a la lectura. Tanta fue su afición por los libros que creó su propia Biblioteca, donde coleccionaba todos los libros que había leído y dejaba en espera aquellos otros que deseaba leer. Algunos dicen que llegó a tener un millón de libros. Cuando Leo cumplió los 25 años fue investido Rey, y todo el pueblo estaba feliz porque sabían que tenían un Rey inteligente, que había aprendido muchas cosas en los libros y que lo iba a poner en práctica.
Un día Leo decidió salir a dar una vuelta por las calles de su Reino para conocer a la gente. ¡Cuál fue su sorpresa cuando vio que había muchas escuelas, donde muchos niños aprendían a leer como él! ¡Qué sorpresa fue la suya al comprobar que en cada esquina, en cada plaza había al menos un joven leyendo!...
Pero esto, en lugar de alegrar al Rey Leo, empezó a preocuparle, porque pensó: "Si la gente lee mucho, si la gente tiene libros puede llegar a saber muchas cosas y tener grandes conocimientos. Si la gente lee y conoce las cosas del mundo pueden llegar a ser tan inteligentes como yo, y eso no puede ser...".
Entonces Leo llamó a todo el Consejo Real y les dijo que tenían que retirar todos los libros del Reino, llevarlos a su Biblioteca y sólo dar libros cuando él lo considerara oportuno. También debían cerrar varias escuelas y recortar los presupuestos destinados a Educación. Sus consejeros tomaron esas medidas y pusieron en práctica lo que su Rey les dijo. Entonces, la gente dejó de leer, de interesarse por la lectura y tener deseos de aprender y conocer las cosas del mundo.
Alguna gente del pueblo comenzó a manifetarse frente al Palacio Real. Decidieron tomar como símbolo un paraguas amarillo que les identificara y que ayudara al Rey a verles bien cada vez que se asomara a las ventanas de su palacio.
La protesta no dio los resultados esperados y, hasta el día de hoy, en el Reino de Leo los libros están secuestrados, la cultura está restringida sólo para unos cuantos y el dinero que debía ir destinado a Educación es empleado en otros menesteres, como espadas, lanzas, fiestas reales, viajes oficiales a otros reinos...

¿A algún dominicano le suena este cuento? ¿Alguien cree conocer el Reino de Leo? -Si piensas que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, denúncialo y apoya el 4% del PIB para Educación.

14 de febrero de 2011

El árbol que quería volar


     En la vida, todos tenemos proyectos, ilusiones y metas. A veces no nos damos cuenta de que todo o casi todo podemos conseguirlo. Sólo hay que mirar dentro de nosotros mismos y leer nuestro nombre de otra manera...
Érase un árbol que estaba cansado de estar atado al suelo, de estar ahí plantado. Quería volar, tener una vida diferente y ver otros horizontes. Todos los días eran los mismos amaneceres, los mismos atardeceres... Él quería ser como los pájaros, descubrir otros mundos, ir de aquí para allá, no estar atado a nada. Contemplaba las diferentes aves con admiración y se imaginaba a sí mismo viviendo con esa libertad, desplegando sus ramas y dejándose llevar por el viento. Pero la realidad le recordaba día a día que él no podía, no sabía volar.
Un día que estaba dándole vueltas a su condición de árbol y su mala suerte por haber nacido así, de repente descubrió que él realmente podía volar, que toda su vida podía haber estado volando. "¡Qué sencillo!" -se dijo-. "Siempre fui un árbol, pero nunca reparé en que hay muchas formas de escribir la palabra 'árbol'. Si le doy la vuelta a las sílabas, entonces puedo bol-ar".
Desde aquel momento, nuestro árbol empezó a bol-ar... Cada día recorría un lugar diferente: unas veces iba a la playa, otras al monte; en alguna ocasión se adentraba en la ciudad y en otras se tumbaba relajadamente sobre las nubes del cielo a ver la locura y las prisas del mundo. 
     Si eres un árbol, ¿por qué no intentas bol-ar?

15 de enero de 2011

Elena, Belén y Alberto nos envían un Mango desde España

Como ya sabéis en el tiempo de Navidad estuvieron aquí compartiendo nuestra vida Belén, Alberto y Elena. Se han llevado para España una gran experiencia y, como no son egoístas, la quieren compartir con todos los mangantes. Ahí va su reflexión de lo que han vivido en esa semana:


Érase una vez tres aventureros que estaban hartos de tener frío y decidieron pasar las Navidades en uno de los lugares más cálidos del mundo (República Dominicana). Lo que no sabían era que en aquel lugar encontrarían no sólo la calidez del clima sino también la de las personas que viven allí. Su historia comienza así:

Nada más bajar del avión se encontraron con el cálido abrazo, la sonrisa y la ilusión del mejor de los amigos, el cual les invitó a pasar una semana llena de emociones, aventuras y diversión. En primer lugar, les hizo un hueco dentro de su casa y compartió su familia (Pepe, Tomás, Pabel y Emmanuel) con ellos. Todos ellos les ayudaron a sumergirse en las aguas caribeñas, probar los mejores manjares de la tierra, y maravillarse con la flora y fauna autóctona (o "endémica") del parque de los Haitises.
Pero eso no fue lo que más calentó sus corazones ya que habían reservado la mejor de las sorpresas para el final: la sonrisa de los niños limpiabotas. Estos niños les dieron una lección de vida al demostrarles cómo con muy poco se puede ser y hacer felices a los demás. Sus hogares estaban en un barrio en donde la basura y pobreza formaban parte del paisaje, llegando incluso a convertirse en sus juguetes. La ausencia de agua corriente les obligaba a tener que bañarse en un río peligroso y contaminado, algo que ellos habían convertido en una diversión. Los tres aventureros observaron las infinitas carencias en las que estos niños vivían y que tenían asumidas con normalidad. La educación, la salud, la alimentación y un ocio sano eran palabras que no formaban parte de sus vidas. La tristeza que les produjo ser conscientes de esta realidad, se vio calmada por los propios niños que a su alrededor cantaban, bailaban, hacían malabares y les regalaban la mejor de sus sonrisas.
Además pudieron comprobar que estos niños no estaban solos. Las personas de gran corazón que integraban la parroquia Ntra. Señora de Guadalupe y el dispensario médico, guiados por los Frailes Mercedarios, se habían puesto en marcha para ofrecer a estos niños una infancia lo más digna posible.
El tiempo pasó sin darse cuenta y llegaron al final de su aventura. Con sus maletas y corazones cargados de recuerdos volvieron a su país como orgullosos embajadores de los sueños de niños como Fidel, Raúl, Chickén, Mario, Edi, etc...

25 de diciembre de 2010

Da la nota en Navidad


     Hace ya muchos años, en un día de Navidad, las notas musicales decidieron componer una canción al Niño Dios. El do, el re, el mi, el fa, el sol, el la y el si estaban allí junto al pentagrama, con ánimo de hacer la melodía más bonita del mundo, el canto al Niño Dios más lindo del universo. De ese modo, todas las notas, deseosas de agradar al Hijo de Dios, empezaron a opinar:
     DO dijo: "DOminaré el pentagrama, seré la nota más fuerte e importante; soy la primera nota de la escala y eso debe notarlo Jesusito".
     RE dijo: "REinaré durante toda la melodía; pondré un calderón encima de mí y estaré sonando hasta que yo quiera. Nadie se atreverá a sonar al mismo tiempo que yo y todas las notas me tendrán REspeto".
     MI dijo: "El pentagrama es MIo, y cada vez que una de ustedes quiera sonar ante el Niño Jesús deberá pasar por encima de MÍ".
     FA dijo: "Estoy cansada de hacer FAvores. Soy el centro de la escala y eso lo debe notar el niño de María y José".
     SOL, con voz grave, respondió: "Este Niño que ha nacido es un SOL, porque ilumina nuestras vidas; entonces quién mejor que yo para tocar la melodía más bella del mundo".
     LA expresó su LAmento al contemplar que ninguna nota era capaz de ponerse de acuerdo con las demás.
     Finalmente, SI, nota humilde y siempre a la sombra de do, guardó SIlencio y se echó a un lado. Después de un tiempo dijo: "Yo aSÍ no participo; SI ustedes no están dispuestas a colaborar no podremos hacer nada".
     En ese momento, todas las demás notas reaccionaron y descubrieron que estaban llevando un camino equivocado:
     DO se unió a RE y crearon un REDOble; FA se unió a SI y crearon una bella SInFoníA; SOL dejó de brillar tanto y regaló parte de su luz a SI y a DO, que juntas formaron un bello SOStenIDO; MI dejó de pensar en sí misma y se mezcló tanto con LA que formaron ambas una bonita MeLodÍA; FA se hizo tan amiga de MI y LA que parecían ser de la misma FAMILiA...
     Desde aquel día empezaron a sonar villancicos en todo el mundo; sí, sí, esos mismos villancicos que todos cantamos fueron creados gracias a la unión y el deseo de colaborar de todas las notas musicales. Por eso todo el mundo canta villancicos, pero nadie sabe quién los compuso, porque las notas nunca revelaron su secreto.
    
     En esta Navidad, "da la nota" y acércate a los demás, porque tú puedes hacer que su vida suene diferente, porque ellos pueden hacer que tu vida suene diferente.